Siempre hubo temblores en este pequeño pueblo. De hecho, cuando mi madre me daba a luz, la tierra se sacudió con tal fuerza que media cuadra del distrito antiguo se desplomó. El hospital en el que nacía quedó parcialmente destruido y hubo varias víctimas fatales. Este evento, aunque trágico, no fue del todo inusual: se estima que uno de cada tres habitantes de esta ciudad ha nacido durante una singularidad sísmica.
Lo que realmente marcó una diferencia no fue la coincidencia entre mi nacimiento y el sismo, sino la reacción colectiva que le siguió. Por primera vez, la población comenzó a tomar precauciones serias. Aunque los temblores eran parte del paisaje cotidiano, esa sacudida en particular causó más daños que cualquier otro evento geofísico registrado en el país durante el último siglo. Fue entonces cuando surgieron iniciativas improvisadas, rumores de inminente destrucción total y una creciente industria del miedo.
Desde niño, me causaba cierta gracia el alarmismo generalizado. Vecinos, compañeros de escuela y, sobre todo, los medios locales, se entregaban a un ciclo de ansiedad casi ritual. El único diario de la región, titulado El Terremoto de la Semana, ofrecía informes detallados del sismo más reciente, anuncios de técnicos que prometían refuerzos estructurales milagrosos, e incluso servicios para “amortiguar” por completo los interiores de las viviendas, garantizando supuestamente la supervivencia ante el próximo evento. Hasta mis propios padres —a quienes tenía por personas instruidas— llenaron la casa de colchones estratégicamente ubicados. Ni siquiera las tiras cómicas escapaban a esta obsesión: los personajes hacían referencias constantes a medidas de evacuación, triángulos de vida, sistemas de disipación de energía, y demás mecanismos de seguridad sísmica.
Paradójicamente, este ambiente de miedo me llevó a interesarme profundamente por el estudio de los sismos. A pesar de las advertencias de mis padres, decidí dedicar mi carrera universitaria a la sismología, interrumpida con frecuencia por los mismos temblores que estudiaba (tres veces por semana, en promedio). En mi arrogancia, pensaba que podría capitalizar la ignorancia del pueblo, enriquecerme con sus temores. Pero también me dejaba llevar por las ideas apocalípticas de mi profesora de geología, una vieja hippy obsesionada con los cristales, quien sostenía con convicción que algún día un terremoto abriría la tierra y tragaría toda la ciudad, reduciéndola a un pozo de lava incandescente. Aquella visión casi mitológica me resultaba inquietantemente atractiva.
Y entonces llegó el fenómeno más inesperado: el turismo sísmico. Así como hay quien viaja para ver auroras boreales o tormentas eléctricas, también hay quienes hacen maletas para sentir un temblor. Llegaban al pueblo curiosos de todas partes del país —algunos con cámaras, otros con sismógrafos improvisados y cara de emoción—, esperando la gran experiencia vibratoria. Los hoteles comenzaron a ofrecer “habitaciones con epicentro garantizado” y recorridos por grietas históricas. Incluso se vendían camisetas con frases como “Sobreviví al 6.7 de abril”. Nunca faltó el emprendedor local que se inventó la “simulación sísmica sensorial” a base de una lavadora mal balanceada. Todo muy turístico, muy pedagógico.
Justo cuando estaba a punto de graduarme, en plena Semana Santa, el pueblo se sacudió como nunca antes. La antigua iglesia del parque, la primera edificación colonial que habían levantado los españoles al llegar a este valle —y que, por supuesto, estaba ubicada sobre un antiguo centro ceremonial indígena, porque la ironía nunca falta— colapsó durante la misa. Murieron casi todos los asistentes, incluidos mis familiares y amigos cercanos. Yo no fui. No por presentimiento ni por precaución, sino porque era agnóstico y no me gusta madrugar.
Ahí fue cuando me dí cuenta que quizás mis padres tenían razón. No en sus argumentos, sino en la intención. Tal vez debí haber hecho otra cosa con mi vida. Pero ya era tarde.
Desde ese día, hace una década, no ha vuelto a temblar. Nada. Ni una vibración sospechosa. Y ahora, los que vivían del miedo —y para el miedo— pasan los días sentados en las aceras, esperando que algo tiemble. Afuera, claro, porque con todos los colchones, refuerzos y artefactos milagrosos instalados en las casas, el calor se volvió insoportable. Y así viven: tostándose al sol, esperando que la tierra vuelva a concederles una razón para vivir.

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