El sillón sagrado


Ella me hizo pasar a la alcoba, un recinto pintado completamente de blanco, con una sola ventana y una sola puerta, por la que había entrado. La ventana llenaba de una luz gris clara todo el cuarto, iluminaba esa luz a un aparatoso sillón negro, el único mueble del lugar. Quedé paralizado al ver que mi anfitriona no seguía a atender a su invitado, y como señal de cortesía -o excesiva estupidez- quedé parado allí esperando una orden.

Me había convencido de que haríamos el amor en ese sillón. Ya estaba oscura la tarde, Las luces amarillentas de los carros entraban por la ventana y paseaban por la habitación para luego dejarla oscura como antes. Luchando contra los nervios y el frio, aún seguía de pie.

El imponente mueble tenía una forma cuadrada bastante común en un sillón moderno, forrado de cuero oscuro, sintético. Me sentí tentado, más de lo normal, nunca antes me había sentido tentado por un objeto cotidiano para que le usara. Mis pies ya dolían, estaba cansado, había estado esperándola de pie al menos durante una hora, y el sillón me coqueteaba con sus suaves cojines.

Prudentemente volví a la puerta, y me asomé por el largo pasillo, con más puertas a ambos lados, de otras habitaciones que descansaban en silencio. La luz estaba encendida pero mi anfitriona no andaba por ningún lado. Esto me disgustó bastante, pues ya serían las diez y cuarto y aún no había señales de ella. Decidí entrar mi asomada cabeza a la alcoba, mirar por la ventana y relajarme un rato, ignorando por completo el sillón. Ya no quería sentarme, y verlo me repugnaba.

Miré mi reloj impacientemente, ella no entraba, hacía frío, estaba oscuro y ya era tarde. Pasó más tiempo, pasaban carros y pasaba gente. Yo miraba todo con desprecio desde aquel tercer piso.

El dolor de la planta de mis pies me atormentaba y hasta me hacía perder los zapatos y la cordura, las calles se llenaban de una niebla que no dejaba ver nada, tan densa que ni siquiera los faros de los carros pasaban, ni la luz de afuera pasaba. Fue entonces cuando por fin decidí sentarme, más movido por el aburrimiento de no ver nada que por el cansancio. Dirigí la vista al sillón sagrado, lentamente me acerqué, acechándole con temor, como si yo fuera un lobo de cacería y ese sillón fuera mi presa, como si se fuera a escapar, como si fuera ella. Me agarré de un costado dándole un fuerte pellizco y me senté.

Tan pronto como mi cuerpo se hundió sobre el cojín, un coro de voces graves, desafinadas y guturales empezó a resonar dentro de mi cabeza. Me vi sentado sobre una gran mancha negra, distorsionada y satánica, que se movía con vida propia. Un escalofriante torrente de nervios recorrió toda mi espalda, el gemido se hacía más fuerte y el dolor paralizaba mis muslos. Al sillón también le dolía sustentar mi pesado cuerpo, pues gemía y apesadumbraba mi consciencia. Hacía sentir como si me hubiera sentado sobre un mamífero pequeño e indefenso, aplastándole todos los huesos.

Es difícil describir ese sonido, Comenzó como el ruido de sufrimiento caótico que podrían producir los reos de una celda que se incendia, atrapados sin otro escape más que la muerte. Pero al tratar de discernir de que se trataba, este se transformó en un murmullo armónico, resignado, cuya monotonía parecía eternizarse dentro de mi cráneo.

Vigorosas, graves, invasivas, inquietantes, continuas. El hipnótico sonido de las voces casi me hizo perder la memoria, hasta que, entre todas ellas, me salvó una voz aguda y chirriante, que de pronto empezó a sonar y que se alejaba de mi ser agonizante, aullando y contrastando con las otras. Era mi voz, que se abría paso por el oscuro corredor y bajaba las escaleras hacia el vestíbulo del edificio, se alejaba. Convulsioné de la angustia y no sentí nada más.

Al despertar estaba yo entre un charco y una pila de basura, acostado en el suelo de un callejón, al poco tiempo de ver que ella aún no estaba conmigo, enfermé y volví a caer en un profundo sueño de agonía. Era un bonito día entonces.

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