El ave extinta



Hoy es un día de luto para los amantes de las aves, pues se conmemora el quincuagenario de la muerte del último ejemplar de una curiosa y exótica ave, que despertó mucha controversia durante su corta existencia conviviendo con el hombre.

El ave mampostera -conocida vulgarmente como pájaro ladrillero- poseía, como su nombre lo indica, un cráneo de forma y dimensiones similares a un ladrillo, el pico ocupaba tres cuartos de la cabeza y completaba la cúbica forma, la estructura ósea de su cuerpo era como la de un cóndor andino común y corriente, el color de su plumaje como el de la paloma de plaza, variado pero opaco. Era muy sociable, no le temía al hombre y, aunque su cabeza parecía ser un pedazo de piedra pesado y macizo, volaba ligera y con facilidad, sin embargo, era torpe andando en tierra.

Fue descubierta por los primeros colonos españoles que habitaron el lugar, cuentan historiadores y biólogos que su primer encuentro no fue nada amistoso, pues estas aves solían pararse en bandada sobre cualquier superficie construida, y picotear (si así se le puede llamar) con sus pesadas cabezas los remates y las esquinas, dejando grietas y a veces desprendiendo pedazos enteros de tapia. Una verdadera molestia si se trata de erigir una bonita y pintoresca civilización en la falda de una montaña. Los provincianos las espantaban haciendo gestos con el cuerpo y no tardó la superstición popular en considerarlas aves de mal agüero.

Pese a todo, el hombre resistió, como siempre lo hace, confiando en que su voluntad, sus normas y sus iglesias terminarían imponiéndose sobre la fauna y la roca. Pero cuando el asentamiento se consolidó como ciudad y la Parroquia se alzó en el centro con su torre recién terminada, la paciencia colectiva se agotó. Una mañana, tras encontrar su cabildo agrietado por enésima vez, el gobernador decretó la caza abierta de la especie. Cada ciudadano debía aportar con armas o cebos; a cambio, la carne de las aves se repartiría gratuitamente a los hambrientos en una esquina apartada de la plaza. El plan habría sido bien recibido de no ser por el sabor: la carne del ave era árida, densa, con una textura que recordaba al polvo apelmazado. Comerla, decían, era como intentar masticar adobe.

Un nuevo decreto obligó a cazarlas solo cuando reposaban en tierra. Dispararles en pleno vuelo había provocado múltiples tragedias: sus cuerpos, pesados y densos, caían con violencia, destruyendo tejados y causando accidentes fatales. La población, ya descontenta, comenzó a rechazar las medidas. Debían sacrificar alimentos de sus mesas para atraer a un animal incomestible, invertir en armas y exponerse a sanciones si no colaboraban. Quien no participara activamente, era multado o encarcelado.

Cuando la insurrección criolla estalló, pocos ejemplares seguían vivos. Irónicamente, el plumaje opaco del ave —discreto, resistente al corte y al clima— fue empleado en la confección de uniformes para los rebeldes independentistas. Tras la victoria, los nuevos gobiernos heredaron la misma postura que la corona: la caza continuó sin reparos, como si erradicar esa criatura fuera parte del deber cívico.

A fines del siglo XIX, el ave mampostera era un recuerdo disperso. Su rareza atrajo el interés de naturalistas extranjeros, que capturaron y disecaron los últimos especímenes avistados. Solo tres sobrevivieron en cautiverio: dos machos y una hembra, confinados en una jaula húmeda del zoológico. Para entonces, las leyes de protección ambiental ya se discutían en congresos y universidades, cuando ya no quedaba casi nada por proteger. La especie no logró reproducirse. Murieron uno por uno, sin ceremonias, sin comunicados.

Hace exactamente medio siglo, la última hembra exhaló su último aliento, acurrucada en un rincón. Los cuidadores, inconscientemente, envolvieron el cadáver en una bolsa negra y lo arrojaron junto a los restos de comida y botellas rotas. Su desaparición no ocupó titulares. Tampoco hubo duelo.

Con los años, los murales de los barrios periféricos empezaron a incluir la figura de esta ave como símbolo de las causas ambientalistas, algunos artistas incluso la utilizan como metáfora de las clases oprimidas. En el centro histórico, en cambio, su presencia es mas sutil,  silenciada bajo capas de yeso, pintura y polvo. Los muros la ocultan a simple vista y solo quien observa con atención descubre los relieves inusuales entre la piedra del Estado.

Lo que muchos no saben es que en algún punto desconocido de la historia, los cráneos de esta especie, compactos, simétricos y resistentes, comenzaron a utilizarse como material de construcción. La municipalidad, sin mencionarlo en actas, aprobó su incorporación a mobiliario urbano. Se les incrustó en fuentes, se les apiló para formar bancas, se les integró a las fachadas de edificios públicos. Su forma regular facilitaba el ensamblaje. El registro oficial simplemente los listó como “bloques de origen local”.

Hay quienes afirman que, al caminar por la plaza en ciertas noches húmedas, sienten una incomodidad difícil de nombrar. Una presión en la nuca, como si miles de ojos diminutos los siguieran desde los muros, desde las bancas, desde las fuentes.

Nadie desmonta esas estructuras. Nadie pregunta de qué están hechas realmente. Las nuevas generaciones, instruidas en la eficiencia del progreso, no encuentran motivo para cuestionarlo. Solo se les enseña, en silencio, a no tocar las fachadas. A no mirar demasiado cerca. A seguir caminando.

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